El Alumno
El Alumno Continuó hablando, sin dejar de moverse distraídamente por el pequeño y recargado salón, mientras Pemberton seguía sentado junto al muchacho, que poco a poco iba recobrando el color. La señora Moreen entremezclaba diversas razones, dando a entender que se iban a producir cambios, que tal vez se dispersaran sus otros hijos («¿Quién sabe? Paula tenía sus propios planes») y en ese caso ya podían imaginarse lo mucho que necesitarían los pobres padres tener a su polluelo en el nido. Morgan miró a su maestro, que no le permitió moverse; éste sabía exactamente cómo se sentía al oír que le llamaban polluelo. Admitió que había tenido uno o dos días malos, pero protestó de nuevo contra la equivocación de su madre al apoyarse en aquello para suplicarle al pobre Pemberton que volviera. El pobre Pemberton ahora podía reírse, aparte de lo cómica que resultaba la señora Moreen desplegando tanta filosofía para defenderse (daba la impresión de que la obtuviera de tanto agitar sus enaguas, con las que volcó las sillas de tonos dorados), pues no le parecía que el muchacho enfermo estuviera en condiciones de rechazar ninguna ayuda.