El Alumno

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En todo caso, él mismo iba a prestársela. Debería volver a ocuparse de Morgan indefinidamente; aunque observó que el chico tenía su propia teoría, que sacaría a relucir con el propósito de atajar las intenciones de Pemberton. Éste se lo agradecía de antemano, pero la conducta que se proponía seguir no le impedía sentir cierta congoja en el corazón, como tampoco le impedía aceptar la perspectiva que se le presentaba, con cierta confianza. Creía, además, que lo encajaría aún mejor si pudiera cenar algo. La señora Moreen dio más pistas acerca de los cambios que cabía esperar, pero era tal la mezcla de sonrisas y sobresaltos —confesó que estaba muy nerviosa— que emanaba de su persona, que el preceptor no sabía muy bien si estaba de muy buen humor o le había dado un ataque de histeria. Si era cierto que la familia iba, por fin, a disgregarse, ¿por qué no habría de reconocer la necesidad de colocar a Morgan en una especie de bote salvavidas? Dicha presunción fue reforzada por el hecho de que se habían instalado en unos aposentos de lujo, en la capital del placer. Ahí era exactamente donde ellos se establecerían ante la perspectiva de una posible separación. Por otro lado, ¿no había mencionado que el señor Moreen y los demás habían ido a la ópera con el señor Granger? ¿Y además no era ése, precisamente, el lugar donde habría que buscarlos en vísperas de una crisis?


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