El Americano
El Americano —Es pobre, es bonita, y es tonta —decÃa—; me parece que sólo puede ir por un camino. Es una pena, pero no tiene remedio. Le daré seis meses. No tiene nada que temer de mÃ, pero estoy observando el proceso. Siento curiosidad por ver cómo irán las cosas. SÃ, sé lo que me va a decir usted: este horrible ParÃs le endurece a uno el corazón. ¡Pero agudiza el ingenio y termina por enseñarle a uno a observar con sutileza! Ver cómo se va interpretando ahora el pequeño drama de esta mujercita supone para mà un placer intelectual.
—Si se va a echar a perder —habÃa dicho Newman—, deberÃa usted pararla.
—¿Pararla? ¿Cómo pararla?
—Hable con ella; dele buenos consejos.
Bellegarde se rio.
—¡Dios nos salve a los dos! ¡ImagÃnese la situación! Vaya usted mismo a darle consejos.
HabÃa sido después de esto cuando Newman habÃa ido con Bellegarde a ver a madame Dandelard. Al marcharse, Bellegarde le reprochó a su acompañante:
—¿Qué hay de su famoso consejo? No escuché ni una sola palabra.
—Bah, renuncio a ello —se limitó a decir Newman.
—¡Entonces es usted tan malo como yo! —dijo Bellegarde.