El Americano

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—No, porque yo no saco un «placer intelectual» de sus posibles aventuras. No quiero ver ni por asomo cómo cae cuesta abajo. Prefiero mirar a otro lado. Pero ¿por qué —preguntó, acto seguido— no hace que vaya su hermana a verla?

Bellegarde le miró fijamente.

—¿Ir a ver a madame Dandelard… mi hermana?

—Podría dar muy buenos resultados que hablase con ella.

Bellegarde sacudió la cabeza con una seriedad repentina.

—Mi hermana no puede ver a este tipo de personas. Madame Dandelard no es nada; nunca se conocerían.

—Habría pensado —dijo Newman— que su hermana puede ver a quien le plazca.

Y decidió para sus adentros que, cuando la conociese un poco mejor, le pediría a madame de Cintré que fuese a hablar con la absurda damita italiana.

Después de la cena con Bellegarde en la ocasión que he mencionado, puso objeciones a la sugerencia de su amigo de que volviesen a escuchar cómo describía madame Dandelard sus desgracias y sus magulladuras.

—Se me ocurre algo mejor —dijo—; venga conmigo a casa y concluya la velada frente a mi chimenea.


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