El Americano
El Americano —¿Ya? —dijo el joven, y soltó un silbido—. ¡El tiempo es oro! ¿No es eso lo que se dice en América? ¿Y madame de Cintré? —añadió con una inflexión interrogativa.
—No me la aceptó.
—No podÃa hacerlo, sabe usted, de esa manera.
—Pero he de volver a verla —dijo Newman.
—¡Ah, extrañas mujeres! —exclamó Bellegarde. Entonces se interrumpió y retuvo a Newman a distancia de un brazo—. ¡Le miro con respeto! —exclamó—. ¡Ha logrado usted lo que llamamos aquà un éxito personal! Ahora, inmediatamente, debo presentarle a mi hermano.
—¡Cuando usted quiera! —dijo Newman.