El Americano
El Americano Newman siguió viendo a sus amigos los Tristram con mucha frecuencia, aunque, de hacer caso a la versión de la señora Tristram, cabría suponer que se les había repudiado cínicamente en aras de relaciones más ilustres.
—Estábamos muy bien siempre y cuando no hubiese rivales: mejor nosotros que nada. Pero ahora que se ha puesto usted de moda y que cada día puede escoger entre tres invitaciones a cenar, nos tira a un rincón. No me cabe duda de que está muy bien por su parte eso de venir a vernos una vez al mes; me extraña que no nos envíe su tarjeta en un sobre. Cuando lo haga, que lleve, por favor, una orla negra, por la muerte de mi última ilusión.
Con este tono mordaz moralizaba la señora Tristram sobre el supuesto abandono de Newman, que en realidad no era sino una constancia de lo más ejemplar. Bromeaba, por supuesto, pero había siempre algo irónico en sus chistes, al igual que había siempre algo chistoso en su seriedad.
