El Americano

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La vieja madame de Bellegarde se puso en pie para saludar a Newman, y en su modo de hacerlo hubo algo que parecía dar la medida exacta del grado de su condescendencia.

—Estamos completamente solos, ya lo ve; no hemos invitado a nadie más —dijo con austeridad.

—Me alegro mucho de que no lo hayan hecho; esto es mucho más amistoso —dijo Newman—. Buenas tardes, señor —y le tendió la mano al marqués.

Monsieur de Bellegarde estuvo afable, pero a pesar de su dignidad estaba inquieto. Empezó a pasearse de un lado a otro de la habitación, miraba a través de los ventanales, cogía libros y volvía a soltarlos. La joven madame de Bellegarde le dio la mano a Newman sin moverse ni mirarle.

—Quizá piense usted que es fría —exclamó Valentin—, pero no; está siendo cordial. Demuestra que le trata como a un íntimo. Ella ahora me detesta, y sin embargo siempre me está mirando.

—¡No tiene nada de raro que te deteste si siempre te estoy mirando! —exclamó la dama—. Si al señor Newman no le gusta mi manera de estrecharle la mano, lo haré de nuevo.


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