El Americano
El Americano —Tan segura estoy que le voy a pedir que me lleve de nuevo a mi butaca sin el menor temor a que mis sentimientos se vayan a alterar por el servicio que me rinde —y madame de Bellegarde le tomó del brazo y regresó al salón y a su sitio acostumbrado.
Monsieur de la Rochefidèle y su esposa se estaban preparando para despedirse, y la conversación de madame de Cintré con la mascullante anciana había concluido. Estaba mirando a su alrededor, preguntándose, evidentemente, con quién debía hablar a continuación, cuando Newman se le acercó.
—Su madre me ha dado permiso (muy solemnemente) para venir a menudo —dijo—. Pienso venir a menudo.
—Me alegraré de verle —respondió simplemente ella. Y acto seguido dijo—: Probablemente le parezca muy extraño que haya tal solemnidad, como dice usted, respecto a sus visitas.
—Bueno, sí; bastante.
—¿Recuerda lo que dijo mi hermano Valentin la primera vez que vino usted a verme: que éramos una familia muy, muy extraña?
—No fue la primera vez que vine, sino la segunda —dijo Newman.
—En efecto. En aquella ocasión, Valentin me molestó, pero ahora que le conozco mejor puedo decirle que estaba en lo cierto. ¡Si viene a menudo, lo verá! —y madame de Cintré se alejó.