El Americano
El Americano Durante un rato, Newman estuvo viendo cómo hablaba con otras personas, y después se despidió. Al último que estrechó la mano fue a Valentin de Bellegarde, que le acompañó hasta lo alto de la escalera.
—Bueno, ya tiene usted su permiso —dijo—. Espero que haya disfrutado del proceso.
—Su hermana me agrada más que nunca. Pero no inquiete más a su hermano respecto a mà —añadió Newman—. Su hermano no me importa. Me temo que al marcharme yo de la sala de fumar se le echó encima.
—Cuando mi hermano se me echa encima —dijo Valentin—, cae con fuerza. Tengo un curioso modo de recibirle. He de decir —siguió— que han dado la talla mucho antes de lo que me esperaba. No lo comprendo; han debido de apretarse bien las tuercas. Es un tributo a sus millones.
—Bueno, jamás han tenido ocasión tan preciosa —dijo Newman.
Se estaba marchando cuando Valentin le detuvo, mirándole con una expresión luminosa y ligeramente cÃnica.
—Me gustarÃa saber si, en estos últimos dÃas, ha visto a su venerable amigo monsieur Nioche.
—Ayer vino a mi estancia.
—¿Qué le contó?
—Nada en especial.