El Americano

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Hay que confesar que la cantidad de temas sobre los que Newman carecía de ideas era extremadamente amplia, y debe añadirse que respecto a aquellos temas sobre los que carecía de ideas también carecía por completo de palabras. Tenía poca calderilla de la que se usa en las conversaciones, y su caudal de fórmulas y frases hechas era exiguo. Por otro lado, podía prestar mucha atención, y su cálculo de la importancia de un asunto no dependía del número de cosas sagaces que podía decir al respecto. Él, por su parte, casi nunca se aburría, y con ningún otro hombre habría sido mayor el error de suponer que el silencio significaba desagrado. En cuanto a qué era lo que le entretenía durante algunas de sus sesiones mudas, debo, sin embargo, confesar mi incapacidad para determinarlo. Sabemos, en términos generales, que una gran cantidad de cosas que para mucha gente eran viejas historias poseían para él el encanto de la novedad, pero una lista completa de sus impresiones nuevas probablemente nos depararía más de una sorpresa. Le contó a madame de Cintré cientos de largas historias; le explicaba, al hablar de Estados Unidos, el funcionamiento de diversas instituciones locales y costumbres mercantiles. A juzgar por lo que venía después, a ella le interesaba, pero de antemano uno no habría estado seguro. Respecto a la conversación de madame de Cintré, Newman tenía la certidumbre de que ella disfrutaba: esto era una especie de enmienda al retrato que de ella había dibujado la señora Tristram. Descubrió que tenía por naturaleza una alegría considerable. Newman había estado en lo cierto al decir al principio que era tímida; su timidez, en una mujer cuyas circunstancias y serena belleza daban todas las facilidades para un descaro cortés, no era sino un encanto más. Con Newman le había durado bastante, e incluso cuando desapareció dejó algo detrás de sí que por algún tiempo desempeñó la misma función. ¿Era éste el triste secreto que había atisbado la señora Tristram y del cual, así como de la reserva de su amiga, de su noble crianza y de su hondura, le había hecho un esbozo de contornos quizá demasiado desalentadores? Eso suponía Newman, pero se encontró con que cada día se preguntaba menos cuáles podrían ser los secretos de madame de Cintré y se convencía más de que a ella los secretos, en sí mismos, le resultaban odiosos. Era una mujer hecha para la luz, no para las sombras; y su estilo natural no era el de la reserva pintoresca y la misteriosa melancolía, sino el de la acción sincera, alegre, brillante, con el mínimo de reflexión exigido y ni un ápice más. Era evidente que él había conseguido devolverla a todo esto. Newman se sentía como si él personalmente fuese un antídoto contra secretos abrumadores; de hecho, lo que le ofrecía era, por encima de todo, una vasta y soleada inmunidad a la necesidad de albergar ninguno. A menudo pasaba las tardes, cuando madame de Cintré así lo había establecido, junto al frío hogar de madame de Bellegarde, contentándose con mirar a través de los párpados entreabiertos a su amada, que, en el otro extremo de la habitación, siempre se esmeraba ante su familia por hablar con alguien que no fuera él. Madame de Bellegarde se quedaba junto al fuego en charla elegante y fría con quien quiera que se le acercase y recorriendo la habitación con su pausada mirada inquieta, cuyo efecto, cuando recaía sobre él, se le antojaba a Newman idéntico al de un súbito borbotón de grisú. Cuando le estrechaba la mano siempre le preguntaba entre risas si se sentía capaz de «soportarle» una velada más, y ella replicaba, sin reírse, que gracias a Dios siempre había podido cumplir con sus obligaciones. Newman, hablándole en cierta ocasión a la señora Tristram de la marquesa, dijo que, después de todo, era muy fácil llevarse bien con ella; siempre era fácil llevarse bien con granujas declarados.


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