El Americano
El Americano —Me han dejado en paz, como dice usted. No han hablado mal de usted.
—En tal caso —exclamó Newman—, ¡proclamo que son demasiado buenos para ser de este mundo!
Al parecer, hubo algo en su exclamación que a madame de Cintré le resultó alarmante. Quizá habrÃa respondido, pero en ese preciso instante la puerta se abrió de par en par y Urbain de Bellegarde cruzó el umbral. Pareció sorprenderse de ver a Newman, pero su sorpresa apenas fue una sombra pasajera que cruzó la superficie de una inusitada jovialidad. Newman jamás habÃa visto al marqués tan exultante; su pálido semblante sin brillo habÃa sufrido una especie de débil transfiguración. Sostuvo la puerta para que entrase otra persona, y a continuación entró la vieja madame de Bellegarde apoyada en el brazo de un caballero a quien Newman no habÃa visto antes. Ya se habÃa puesto en pie, y madame de Cintré se levantó, como hacÃa siempre ante su madre. El marqués, que habÃa saludado a Newman casi con cordialidad, se apartó, frotándose lentamente las manos. Su madre avanzó con su acompañante. Saludó a Newman con un pequeño gesto majestuoso y después soltó al extraño caballero con el fin de que le pudiese hacer una reverencia a su hija.