El Americano
El Americano —Le dije a usted lazos azul claro en las mangas, en los codos —comentaba—. Pero hoy no veo mis lazos azules para nada. No sé qué ha sido de ellos. Hoy veo rosa, un rosa suave. Y luego paso por extrañas fases de aburrimiento en las que ni el azul ni el rosa me dicen nada. Y aun asà he de tener los lazos.
—Que sean verdes, o amarillos —decÃa Newman.
—Malheureux! —exclamaba entonces la marquesita—. ¡Unos lazos verdes romperÃan su matrimonio: sus hijos serÃan ilegÃtimos!
Madame de Cintré se mostraba serenamente feliz ante el mundo, y Newman tenÃa la dicha de imaginarse que ante él, cuando el mundo se ausentaba, estaba casi agitadamente feliz. Madame de Cintré decÃa cosas muy tiernas.
—No me da usted ninguna alegrÃa. Jamás me da la oportunidad de reñirle, de corregirle. Contaba con ello; esperaba disfrutarlo. Pero no hace nada espantoso; es usted tristemente inofensivo. Todo esto es una estupidez; no hay ninguna emoción; para eso, bien podrÃa casarme con otro.
—Me temo que no sé hacerlo peor —decÃa Newman a modo de respuesta—. Tenga la amabilidad de pasar por alto la insuficiencia.
Le aseguraba que él, al menos, nunca la regañarÃa; era totalmente satisfactoria.