El Americano

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Newman se encontró dos o tres veces con la joven madame de Bellegarde, siempre deambulando con una elegante vaguedad, como si fuese en busca de algún inalcanzable ideal de diversión. Le recordaba un frasco pintado de perfume que tiene una grieta; pero había llegado a desarrollar un sentimiento afectuoso hacia ella, basado en que madame de Bellegarde le debía fidelidad conyugal a Urbain de Bellegarde. Compadecía a la esposa de monsieur de Bellegarde, sobre todo porque era una morenita boba y ansiosa por sonreír en la que se adivinaba un corazón desordenado. A veces la marquesita le miraba con una intensidad demasiado marcada para no ser inocente, pues la coquetería tiene matices más sutiles. Era evidente que le quería pedir o decir algo; Newman se preguntaba de qué se trataría. Pero se mostraba renuente a darle una oportunidad, porque si su mensaje se refería a la aridez de su suerte matrimonial no sabía de qué manera podría ayudarle. Tenía la impresión, no obstante, de que algun día ella se le acercaría y le diría (después de mirar en torno a sí) con un suave susurro apasionado: «Sé que detesta a mi marido; concédame el placer de asegurarle que por una vez tiene usted razón. ¡Compadézcase de una pobre mujer que está casada con la réplica en papel maché de un reloj!». Dueño, sin embargo, a falta de un conocimiento competente de los principios de la etiqueta, de un sentido muy claro de la «mezquindad» de ciertas acciones, a Newman le parecía que lo propio de su posición era mantenerse en guardia; no iba a darle a esta gente el poder de decir que en su casa había hecho nada desagradable. Así las cosas, madame de Bellegarde solía comunicarle las novedades relativas al vestido que pensaba llevar en su boda, y que, en su creativa imaginación, a pesar de sus numerosas entrevistas con el sastre, aún no se había resuelto en su compleja totalidad.


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