El Americano
El Americano Los diez días siguientes fueron los más felices que hasta entonces había conocido Newman. Veía a madame de Cintré a diario, y no vio ni a la vieja madame de Bellegarde ni al mayor de sus futuros cuñados. A madame de Cintré le acabó pareciendo apropiado disculparse por el hecho de que jamás estuvieran presentes. «Están ocupadísimos —dijo— haciéndole los honores de París a lord Deepmere». La solemnidad con que hizo esta declaración fue acompañada de una sonrisa, que se hizo más profunda cuando añadió: «Es nuestro primo séptimo, sabe usted, y la sangre es más espesa que el agua. Y además, ¡es tan interesante!».
Y con esto se rio.
