El Americano

El Americano

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—Esta vez no me pilla usted opinando sobre su condesa —dijo—; ya metí la pata en una ocasión. Es una cosa de lo más turbia, dicho sea de paso: rondarle a un tipo para sondear lo que piensa sobre la mujer con la que se va a casar uno. Se merece usted lo que le venga. Luego, por supuesto, corre usted a contárselo a ella, y ella se encarga de hacerle pasar un rato agradable al pobre diablo depravado en la primera visita que les hace. Con todo, le haré a usted la justicia de decirle que no parece que se lo haya contado usted a madame de Cintré; o, si lo ha hecho, es inusitadamente magnánima. Estuvo muy agradable; fue tremendamente cortés. Ella y Lizzie se sentaron en el sofá, estrechándose las manos y llamándose chère belle la una a la otra, y cada tres palabras madame de Cintré me dirigía una sonrisa magnífica, como para darme a entender que también yo soy un encanto. Ha compensado con creces su indiferencia del pasado, se lo aseguro; estaba muy simpática y sociable. Sólo que maldita la hora en que se le metió en la cabeza decir que tenía que presentarnos a su madre; su madre quería conocer a sus amigos de usted. Yo no quería conocer a su madre, y estuve a punto de decirle a Lizzie que entrase sola y me dejase esperarla fuera. Pero Lizzie, con su infernal habilidad de costumbre, adivinó mi propósito y me sojuzgó con un destello de sus ojos. Así que se marcharon cogidas del brazo, y yo las seguí como pude. Nos encontramos a la anciana en su butaca, jugueteando con sus pulgares aristocráticos. Miró a Lizzie de pies a cabeza; pero, si hay que ser justos, en ese juego Lizzie estuvo a la altura. Mi esposa le dijo que éramos grandes amigos del señor Newman. La marquesa se la quedó mirando un instante y luego dijo: «¡Ah, el señor Newman! Mi hija ha tomado la decisión de casarse con un tal señor Newman». Después, madame de Cintré empezó a agasajar a Lizzie de nuevo, y dijo que era esta querida dama quien había planeado el casamiento y los había unido. «Ah, es usted a quien debo dar las gracias por mi yerno americano —le dijo la anciana a la señora Tristram—. Una idea muy ingeniosa por su parte. No dude de mi gratitud». Y entonces empezó a mirarme a mí, y al cabo dijo: «Hágame el favor de decirme, ¿se dedica usted a manufacturas de algún tipo?». Me entraron ganas de decirle que fabricaba escobas para que las monten brujas viejas, pero Lizzie se me adelantó. «Mi esposo, madame la Marquise —dijo—, pertenece a esa desdichada clase de personas que no tienen ni oficio ni beneficio, y que le hacen un flaco bien al mundo». Con tal de atizar a la vieja, poco le importaba adónde me arrojaba a mí. «¡Santo cielo! —dijo la marquesa—. Todos tenemos nuestras obligaciones». «Me temo que las mías me obligan a despedirme de usted», dijo Lizzie. Y nos marchamos sin ceremonias. Pero, en fin, tiene usted una suegra, en el sentido más fuerte del término.


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