El Americano
El Americano —Casi es una pena no contárselo al señor Newman —dijo suavemente, pero con un tono que Newman pudo oÃr.
—¡DÃselo si quieres! —respondió el caballero, con la voz de lord Deepmere.
—¡Ah, dÃgamelo, por lo que más quiera! —dijo Newman, avanzando.
Observó que lord Deepmere tenÃa la cara muy roja y que habÃa retorcido sus guantes hasta formar una cuerda apretada, como si hubiese estado exprimiéndolos para secarlos. CabÃa presumir que eran signos de una emoción violenta, y a Newman le pareció que en el rostro de madame de Cintré podÃan verse trazas de una agitación análoga. Los dos habÃan estado hablando muy efusivamente.
—Lo que le deberÃa decir no hace sino honrar a milord —dijo madame de Cintré, sonriendo con bastante franqueza.
—No por ello le iba a gustar más —dijo milord con su torpe risa.
—Venga, ¿cuál es el misterio? —los apremió Newman—. Aclárenlo. No me gustan los misterios.
—Hemos de tener algunas cosas que no nos gustan, y prescindir de otras que sà —dijo el joven noble rubicundo sin dejar de reÃrse.