El Americano
El Americano —A lord Deepmere le honra, pero no a todo el mundo —dijo madame de Cintré—. Asà que no diré nada. Puedes estar seguro —añadió, tendiéndole la mano al inglés, que se la cogió entre tÃmida e impetuosamente—. Y ahora, ¡ve a bailar! —dijo.
—¡Ah, sÃ, tengo unas ganas enormes de bailar! Iré y me achisparé un poco —y se marchó caminando con una carcajada lúgubre.
—¿Qué ha ocurrido entre ustedes? —preguntó Newman.
—No se lo puedo decir… ahora —dijo madame de Cintré—. Nada que deba entristecerle.
—¿Ha intentado el inglesito hacerle la corte?
Ella vaciló, y luego dijo con gravedad:
—¡No! Es un tipo muy honesto.
—Pero está usted agitada. Algo ocurre.
—Nada, repito, que deba ponerle triste. Se me ha pasado la agitación. Algún dÃa le contaré de qué se trataba; ahora, no. ¡Ahora no puedo!
—Bueno, confieso —observó Newman— que no quiero oÃr nada desagradable. Estoy satisfecho con todo… en especial, con usted. He visto a todas las damas y he hablado con muchas, pero es usted de quien estoy satisfecho.