El Americano
El Americano Madame de Cintré le cubrió por un momento con su mirada larga y suave, y después desvió la vista hacia la noche estrellada. Asà que guardaron silencio un momento, uno al lado del otro.
—Diga que está satisfecha conmigo —dijo Newman.
La respuesta se hizo esperar un momento; al fin llegó, en voz baja pero nÃtida:
—Soy muy feliz.
Fue seguida de unas cuantas palabras procedentes de otra fuente, que les hicieron darse la vuelta.
—Por desgracia, me temo que madame de Cintré se va a enfriar. Me he atrevido a traerle un chal.
La señora Bread estaba allÃ, discretamente solÃcita, sosteniendo un paño blanco.
—Gracias —dijo madame de Cintré—; la visión de esas frÃas estrellas deja una sensación glacial. No voy a coger el chal, sino que volveremos a entrar en la casa.
Volvió y Newman fue tras ella, y a su vez la señora Bread se hizo respetuosamente a un lado para abrirles paso. Newman se detuvo un instante ante la anciana, y ella le miró con un saludo silencioso.
—Ah, sà —dijo él—, debe venirse a vivir con nosotros.
—Pues entonces, señor, si me lo permite —respondió ella—, ¡no se ha librado usted de mÃ!