El Americano
El Americano Newman, después de la cena, subió a su habitación, donde se quedó un largo rato sentado con la mirada clavada en una vela encendida y pensando que abajo Valentin se estaba muriendo. Tarde, cuando la vela casi se había consumido, oyó un golpecito en la puerta. El doctor estaba ahí con una vela, y encogiéndose de hombros.
—¡Todavía quiere divertirse! —dijo el consejero médico de Valentin—. Insiste en verle, y me temo que usted debe venir. Creo que, a este paso, difícilmente sobrevivirá más allá de esta noche.
Newman volvió a la habitación, que estaba alumbrada por un cirio colocado encima de la chimenea. Valentin le rogó que encendiese una vela.
—Quiero verle la cara —dijo—. Dicen que usted me exalta —siguió, mientras Newman satisfacía su ruego—, y confieso que sí que me siento exaltado; pero no es por usted… son mis propios pensamientos. He estado pensando… pensando. Siéntese ahí y permítame que le mire de nuevo.
Newman se sentó, cruzó los brazos y le dirigió una mirada grave a su amigo. Parecía como si estuviese representando un papel, mecánicamente, en una comedia lúgubre. Valentin le miró durante un rato.