El Americano
El Americano —¡Cielos, claro que la conozco! —dijo lord Deepmere, con otra sonrisita—. La conocà en ParÃs… a través de mi pobre primo Bellegarde, sabe usted. Él la conocÃa, pobre tipo, ¿no es cierto? Fue ella, sabe usted, quien estuvo en el fondo de su lance. Terriblemente triste, ¿no cree? —continuó el joven, que con el parloteo intentaba alejar el bochorno tanto como se lo permitÃa su simple naturaleza—. Sacaron no sé qué historia sobre si habÃa sido por el Papa; que si el otro hombre habÃa dicho algo contra la moralidad del Papa… Siempre lo hacen, sabe. Se lo achacaron al Papa porque Bellegarde estuvo en tiempos con los Zuavos. Pero fue sobre la moralidad de ella… ¡ella era el Papa! —prosiguió lord Deepmere dirigiendo una mirada iluminada por esta galanterÃa a mademoiselle Nioche, que se estaba inclinando graciosamente sobre su perro faldero, al parecer embebida en una conversación con él—. Me atreverÃa a decir que considera bastante extraño que yo… esto… mantenga la relación —reanudó el joven—; pero al fin y al cabo ella no pudo evitarlo, sabe, y Bellegarde sólo era mi vigésimo primo. Yo dirÃa que usted considera bastante descarado que me muestre con ella en Hyde Park, pero, como ve, aún no es conocida, y está en muy buena forma… —y la conclusión de lord Deepmere se perdió en la mirada testificativa que volvió a dirigir a la joven.