El Americano
El Americano Newman se dio la vuelta; estaba recibiendo más de lo que era de su agrado. Monsieur Nioche se había apartado a un lado al llegar su hija, y allí permaneció, en un arco muy reducido, con la mirada fija en el suelo. Nunca, hasta ahora, había venido tan a propósito entre él y Newman dejar constancia del hecho de que no había perdonado a su hija. Mientras Newman empezaba a marcharse, alzó la vista y se acercó a él, y éste, al ver que el anciano tenía algo concreto que decirle, inclinó la cabeza un instante.
—Algún día lo verá en los periódicos —murmuró monsieur Nioche.
Nuestro héroe partió para ocultar su sonrisa, y hasta el día de hoy, a pesar de que los periódicos son su principal lectura, sus ojos no han sido atraídos por ningún párrafo que constituya una secuela a este aviso.