El Americano

El Americano

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Monsieur Nioche se quedó meditando; había cierta inconsistencia en su postura que le hacía sentirse enormemente incómodo. A pesar de que no tenía el menor deseo de acabar con la gallina de los huevos de oro —la benévola confianza de Newman—, sentía un tímido impulso a expresarle todas sus tribulaciones.

—Ah, es una artista, señor mío, de eso no hay duda —declaró—. Pero, a decir verdad, también es una franche coquette. De veras lamento decir —añadió al instante, meneando la cabeza con toda la inofensiva amargura del mundo— que lo ha heredado. ¡Su madre ya lo fue antes que ella!

—¿No fue usted feliz con su esposa? —preguntó Newman.

Monsieur Nioche sacudió bruscamente la cabeza varias veces.

—¡Era mi purgatorio, monsieur!

—¿Le engañaba?

—Ante mis propias narices, año tras año. Fui demasiado estúpido, y la tentación era demasiado grande. Pero al fin la pillé. Una sola vez en mi vida he sido un hombre al que temer; lo sé muy bien: ¡fue en aquel momento! Pero no me gusta pensar en ello. La amaba… no sabría decirle lo mucho que la amaba. Era una mala mujer.

—¿Ya no vive?

—Se fue por su cuenta y riesgo.


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