El Americano
El Americano —Pero su hija gana lo suficiente para costearse su propia ropa —dijo Newman.
Monsieur Nioche le miró con ojos débiles e inseguros. Le habrÃa gustado ser capaz de decir que los talentos de su hija eran objeto de aprecio y que sus pintarrajos deformes disponÃan de todo un mercado; pero parecÃa escandaloso abusar de la credulidad de este forastero dadivoso que, sin sospechas ni preguntas, le habÃa reconocido los mismos derechos sociales. Se decantó por un término medio, y dijo que, aun siendo obvio que bastaba con ver las reproducciones de los maestros antiguos de mademoiselle Noémie para codiciarlas, los precios que se veÃa obligada a pedir por ellos en virtud de su especial finura de ejecución habÃan mantenido a los compradores a una respetuosa distancia.
—¡Pobre criatura! —suspiró monsieur Nioche—; ¡casi es una pena que su trabajo sea tan perfecto! Le irÃan mejor las cosas si no pintase tan bien.
—Pero si mademoiselle Noémie tiene tanta devoción por su arte —observó Newman en cierta ocasión—, ¿por qué habrÃa usted de tener esos temores de los que me hablaba el otro dÃa?