El Americano
El Americano Newman mostró interés por la frugalidad francesa y concibió una viva admiración por las economías parisinas. Su propio genio económico estaba tan completamente volcado en operaciones a mayor escala, y tan imperiosa era su necesidad, para moverse con desenvoltura, de sentir que había grandes desafíos y grandes premios, que hallaba un sincero entretenimiento en el espectáculo de las fortunas que se habían amasado reuniendo monedas de cobre y en la minuciosa subdivisión de trabajo y beneficio. Preguntaba a monsieur Nioche por su modo de vida, y sentía una amistosa mezcla de compasión y respeto ante el recital de sus delicadas frugalidades. El digno señor le contó que en otra época él y su hija habían sustentado su existencia, cómodamente, con la cantidad de quince peniques per diem; en tiempos recientes, habiendo conseguido llevar a buen puerto los últimos restos flotantes del naufragio de su fortuna, su presupuesto había sido un poco más amplio. Pero todavía tenían que contar exhaustivamente cada penique, y monsieur Nioche le confió con un suspiro que mademoiselle Noémie no ponía en esa tarea el ferviente entusiasmo que cabía desear.
—Pero ¿qué le voy a contar? —preguntó filosóficamente—. Es joven y bonita, necesita trajes y guantes nuevos; no se puede estar con vestidos astrosos entre los esplendores del Louvre.