El Americano

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Así pues, cada día, durante las tres semanas siguientes, la figura circunstancialmente respetable de monsieur Nioche hacía acto de presencia, con una retahíla de pequeñas reverencias inquisitivas y exculpatorias, entre los aromáticos vapores de la bebida matinal de Newman. No sé cuánto francés aprendió nuestro amigo; pero como él mismo decía, si el esfuerzo no le servía de nada, en cualquier caso no le perjudicaba. Y le divertía; satisfacía ese lado irregularmente sociable de su naturaleza que siempre se había manifestado en su disfrute de la conversación agramatical, y que a menudo, incluso en sus días de ajetreo y preocupaciones, le había llevado a sentarse sobre las vallas de jóvenes pueblos del Oeste, en la penumbra, y sostener charlas poco menos que fraternales con cómicos haraganes y turbios buscadores de fortuna. Allá donde iba, tenía la intención de hablar con los nativos; le habían asegurado, y su propio juicio aprobaba el consejo, que cuando se viaja por el extranjero es una idea excelente examinar la vida del país. Monsieur Nioche era todo un nativo, y, aunque su vida quizá no mereciese un estudio especial, él era una parte palmaria y bien pulida de esa pintoresca civilización parisina que tanto recreo fácil le ofrecía a nuestro héroe y tantos problemas curiosos le planteaba a su entendimiento inquisitivo y práctico. Newman tenía aprecio por las estadísticas; le gustaba saber cómo se hacían las cosas; le gratificaba enterarse de cuántos impuestos se pagaban, qué beneficios se obtenían, cuáles eran los hábitos comerciales predominantes, cómo se libraba la batalla de la vida. Monsieur Nioche, en tanto que capitalista mermado, estaba familiarizado con estas consideraciones, y formulaba su información, que se sentía orgulloso de poder impartir, en los términos más claros posibles y con un pellizco de rapé entre el dedo índice y el pulgar. Como buen francés —muy al margen de los napoleones de Newman—, monsieur Nioche adoraba conversar, y ni siquiera en plena decadencia se le había olvidado la urbanidad. También como buen francés, sabía dar un informe claro de las cosas, y —también como buen francés— cuando sus conocimientos le fallaban sabía suplir los lapsus con las hipótesis más oportunas e ingeniosas. Al pequeño financiero venido a menos le producía un intenso placer que le hiciesen preguntas; rebañaba información mediante procedimientos frugales, y tomaba notas, en su pequeño y grasiento cuaderno de bolsillo, de incidentes que pudieran serle de interés a su munificente amigo. Leía viejos almanaques en los puestos de libros de los embarcaderos, y empezó a frecuentar otro café donde se recibían más periódicos y donde su demitasse de sobremesa le costaba un penique extra, y allí solía escudriñar las páginas descuartizadas en busca de anécdotas curiosas, fenómenos de la naturaleza y raras coincidencias. A la mañana siguiente relataba con solemnidad que se acababa de morir en Burdeos un niño de cinco años cuyo cerebro se había descubierto que pesaba sesenta onzas, ¡el cerebro de un Napoleón o un Washington!, o que madame P., charcutière de la Rue de Clichy, había encontrado en el forro de un viejo vestido la cantidad de trescientos sesenta francos que había perdido hacía cinco años. Pronunciaba estas palabras con gran precisión y sonoridad, y Newman le aseguró que su modo de contender con la lengua francesa era muy superior al desconcertante parloteo que oía en otras bocas. Ante esto, monsieur Nioche desarrolló una agudeza más primorosa que nunca; se ofreció a leer extractos de Lamartine, y afirmó que, a pesar de que se esforzaba en la medida de sus pocas luces por cultivar una dicción refinada, si monsieur quería el no va más, debía ir al Théâtre Français.


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