El Americano
El Americano Newman la miró un momento; vio que era bonita, pero no se quedó en absoluto deslumbrado. Recordó cómo había suplicado el pobre monsieur Nioche por su «inocencia», y volvió a reírse a la vez que se cruzaban sus miradas. Su rostro era una extrañísima mezcla de juventud y madurez, y bajo la cándida expresión su penetrante sonrisita parecía contener todo un mundo de intenciones ambiguas. Era lo bastante bonita, sin duda, para poner nervioso a su padre; pero en lo que se refiere a su inocencia, Newman habría afirmado allí mismo que no se había desprendido de ella. Sencillamente, nunca la había tenido; había estado mirando el mundo desde que tenía diez años, y el hombre que le pudiese contar algún secreto sería un hombre sabio. En sus largas mañanas del Louvre no se había limitado a estudiar madonnas y san juanes; había estado vigilando las diversas encarnaciones de la naturaleza humana que había a su alrededor y había sacado sus propias conclusiones. A juicio de Newman, en cierto sentido monsieur Nioche podía estar tranquilo; quizá su hija hiciera algo muy osado, pero nunca haría nada estúpido. Newman, con su sonrisa larga y sosegada y su manera de hablar serena y sin prisas, siempre se tomaba su tiempo, mentalmente; ahora se estaba preguntando por qué le miraba ella de esa manera. Tenía la impresión de que quería oírle confesar que, en efecto, la consideraba una niña mala.