El Americano
El Americano —No, no —dijo al fin—; serÃa muy maleducado por mi parte juzgarla de esa manera. No la conozco.
—Pero mi padre se le ha quejado —dijo mademoiselle Noémie.
—Dice que es usted una coqueta.
—¡No deberÃa ir por ahà diciéndoles esas cosas a los caballeros! Pero usted no se lo cree, ¿verdad?
—No —dijo Newman con gravedad—, no me lo creo.
Ella volvió a mirarle, se encogió de hombros y sonrió y después indicó un pequeño cuadro italiano, unas bodas de santa Catalina.
—¿Qué le parecerÃa éste? —preguntó.
—No me gusta —dijo Newman—. La joven del vestido amarillo no es bonita.
—Ah, es usted un gran experto —murmuró mademoiselle Noémie.
—¿En cuadros? No, no lo soy; sé muy poco de cuadros.
—¿En mujeres bonitas, entonces?
—En eso apenas soy mejor.
—¿Qué me dice de éste, entonces? —preguntó la joven indicando un soberbio retrato italiano de una dama—. Se lo haré a una escala más pequeña.
—¿A menor escala? ¿Y por qué no del mismo tamaño que el original?