El Americano
El Americano Mademoiselle Noémie echó un vistazo al radiante esplendor de la obra maestra veneciana e hizo un pequeño ademán con la cabeza.
—No me gusta esa mujer. Parece estúpida.
—A mà sà que me gusta —dijo Newman—. Decididamente, debo tenerla, y a tamaño natural. Y tan estúpida como es ahÃ.
La joven volvió a clavar los ojos sobre Newman, y dijo con su sonrisa burlona:
—¡Sin duda, me será fácil darle aspecto de estúpida!
—¿Qué quiere decir? —preguntó Newman, desconcertado.
Mademoiselle Noémie volvió a encogerse de hombros.
—¿En serio, entonces, que quiere ese retrato… el cabello dorado, el raso púrpura, el collar de perlas, ese magnÃfico par de brazos?
—Todo, exactamente como está.
—¿No le servirÃa ninguna otra cosa?
—Bueno, quiero más cosas, pero también quiero éste.
Mademoiselle Noémie se apartó un momento, caminó hacia el otro lado de la sala y se quedó allÃ, mirando vagamente a un lado y a otro. Al fin regresó.