El Banco de la desolación
El Banco de la desolación Las palabras de ella, si algo significaban, le parecían, bajo esa luz, que también era la luz de su rostro demacrado, como si significaran todo, y la sensación de lo que aquel conocimiento había supuesto para ella cayó sobre él como un torrente que desembocó en una pregunta:
—Entonces, ¿es de eso de lo que se está muriendo?
Ella se limitó a mirarlo, seria al principio, como si quisiera ver, de esta forma, hasta dónde comprendía él, y algo debió de vislumbrar o temer que la movió a compasión.
—Seguiría viviendo para ti… si pudiera.
Cerró los ojos un momento, como si, recogida en sí misma, estuviera intentándolo por última vez.
—¡Pero no puedo! —dijo, al abrirlos de nuevo, para despedirse.