El Banco de la desolación
El Banco de la desolación Desde luego no podía, como se puso de manifiesto muy pronto y de forma harto rigurosa, y después de aquello no volvió a tener una imagen suya que no fuera oscuridad y muerte. Se habían separado para siempre con aquella extraña charla. El acceso a su lecho de dolor, guardado de forma estricta, le fue casi del todo prohibido. Además, ahora, frente a médicos, enfermeras y los dos o tres parientes atraídos sin duda por los presuntos bienes que ella tenía que «dejar», sentía qué pocos derechos, como se dice en estos casos, podía esgrimir, y qué extraño podía resultar incluso que la intimidad habida entre ellos no le otorgara algunos más. Hasta el más estúpido de los primos lejanos tenía más que él, a pesar de que ella no hubiese significado nada en la vida de aquella persona. Sin embargo, en la suya, ella había sido primordial entre lo primordial, porque ¿qué otra cosa era haber sido tan indispensable? Los derroteros de la existencia eran indeciblemente extraños, y le resultaba desconcertante, al tiempo que lo percibía como una anomalía, la falta, como él lo sentía, que no se le reconocieran sus derechos. Una mujer podía haber sido, supongamos, todo para él, y, aun así, a los ojos de los demás, aquello no representaba un vínculo que estuvieran obligados a reconocer. Si esto había sido así en las últimas semanas, fue peor con ocasión de las últimas exequias, en el gran cementerio gris de Londres, en honor de lo que había sido mortal, de lo que había sido precioso en su amiga. La concurrencia en torno a su tumba no fue numerosa, pero él se vio tratado como si apenas tuviera más relación con aquello de la que habrían podido tener otros miles de personas. En resumen, desde aquel momento se vio enfrentado al hecho de que el interés que May Bartram se había tomado por él iba a beneficiarle extraordinariamente poco. No habría podido decir con exactitud lo que esperaba, pero era seguro que nunca había imaginado tener que abordar aquella doble privación. No solo le faltaba el interés de su amiga, sino que parecía sentirse privado, por razones que no podía entender, de la distinción, dignidad y decoro, aunque fuera tan solo eso, del hombre manifiestamente afligido. Era como si, a los ojos de la sociedad, su aflicción no resultase lo bastante intensa, como si faltara algún signo o prueba de ello y como si, a pesar de todo, ese carácter no pudiera ser confirmado nunca, ni su deficiencia subsanada jamás. A medida que las semanas pasaban, hubo momentos en que le habría gustado, por medio de un acto casi agresivo, pronunciarse sobre la intimidad de su pérdida, para que, al ser cuestionada, pudiera dejar constancia de su réplica para alivio de su espíritu. No obstante, los momentos de más impotente exasperación se sucedieron con rapidez, momentos en los que, al considerar la situación con la conciencia tranquila, pero sin perspectiva de futuro, se encontró preguntándose si no debería haber empezado, por así decirlo, mucho antes.