El Banco de la desolación
El Banco de la desolación El tormento de esta visión se convirtió entonces en su ocupación. Tal vez no hubiera accedido a seguir viviendo a no ser por la posibilidad de resolver el acertijo. Ella, su amiga, le había dicho que no tratara de averiguar; le había prohibido, hasta donde le fuese posible, saber, y en cierto modo había negado en él la capacidad de aprender: en efecto, demasiadas cosas para privarle de descanso. No era que deseara, argumentaba con imparcialidad, que lo que le había sucedido volviera a sucederle de nuevo; era solo que, como anticlímax, no debería haberle sorprendido dormido con tanta profundidad para no ser capaz de recobrar con un esfuerzo mental el elemento perdido de su conciencia. En ciertos momentos se declaraba a sí mismo que lo recobraría o terminaría con la conciencia para siempre. Convirtió esta idea en su único tema; en definitiva, la convirtió en una pasión como ninguna otra, en comparación, parecía haberle afectado nunca. El elemento perdido de su conciencia llegó a ser para él como un niño extraviado o robado para un padre desesperado; lo buscaba de forma constante por todas partes, como si llamara a las puertas o consultara con la policía. Este fue el estado de ánimo con el que, inevitablemente, se dispuso a viajar. Emprendió un viaje que duraría tanto como pudiera alargarlo. En su cabeza danzaba la idea de que, puesto que al otro lado del globo tampoco hallaría más respuestas, sí era probable que le ofreciera alguna sugerencia. Antes de abandonar Londres, sin embargo, peregrinó a la tumba de May Bartram, se dirigió allí a través de las interminables avenidas de la tétrica necrópolis suburbana, la buscó entre la multitud de tumbas, y, aunque no había ido más que para renovar el acto de despedida, cuando al fin estuvo de pie frente a ella, se encontró seducido por remotas fuerzas. Durante una hora permaneció allí de pie, incapaz de volverse e incapaz de penetrar en la oscuridad de la muerte, con los ojos clavados en el nombre y la fecha grabados en la piedra, golpeando la frente contra el secreto que guardaban, tomando aliento, como si esperase que, por piedad, alguna sensación surgiera de las lápidas. Sin embargo, se arrodilló en vano sobre las losas. Guardaban lo que ocultaban, y si el rostro de la tumba llegó a parecerle un rostro fue porque los dos nombres de su amiga eran como un par de ojos que no le conocían. Les dirigió una última y larga mirada, pero ni la más tenue luz apuntaba.