El Banco de la desolación
El Banco de la desolación VI
Después de esto, estuvo fuera un año. Visitó lo más recóndito de Asia derrochando el tiempo en parajes de interés romántico, de suprema santidad, pero en todo lugar se le hacía presente que, para un hombre que había conocido lo que él había conocido, el mundo era vulgar e insignificante. El estado mental en el que había vivido durante tantos años resplandecía para él, al reverberar, como una luz que embellecía y purificaba. Comparado con aquella luz, el brillo del Este resultaba chillón, vulgar y débil. La terrible verdad era que había perdido, junto a lo demás, la capacidad de ser distinto; las cosas que veía no podían ser sino comunes puesto que quien las miraba se había convertido en un ser común. Ahora era solo uno de ellos, cubierto del mismo polvo, sin una excusa que marcara la diferencia. Y había momentos en los que, frente a los templos de los dioses y los sepulcros de los reyes, su espíritu recurría, asociando su nobleza a la de May, a la lápida anónima de aquel barrio de Londres. Aquello se había convertido para él, y con más intensidad con el tiempo y la distancia, en el único testigo de su pasada gloria. Era todo lo que le quedaba como prueba o esplendor, y, aun así, cuando lo pensaba, la pasada gloria de los faraones no significaba nada para él.