El Banco de la desolación

El Banco de la desolación

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Leer a Henry James produce una rara y profunda fascinación. Y digo fascinación con todas las consecuencias que pueda suponer el uso de este término; puesto que, tal vez, uno de los caracteres dominantes de toda fascinación sea la suspensión del juicio; un estado de expectación sobre lo que acontece, en el cual no se afirma ni niega nada y donde difícilmente se da la reflexión crítica, porque, cuando ésta se da, parece no ser una reflexión consciente, sino una secuencia del pensar que llevada por un torrente de ideas, recuerdos, analogías y comparaciones, avanza impelida por los acontecimientos, sin dar lugar posible a la reflexión sobre lo que está aconteciendo.

Esto ocurre con la lectura de James, puesto que supone, si son propicias las condiciones para la lectura y se goza de la disposición idónea para ello, participar de unos acontecimientos descritos con una voz de tan rara capacidad persuasiva que parece sustraemos a nuestra facultad de juicio, ya que es una voz que avanza, implacable y sinuosa, por aquellos caminos de la mente que raramente se transitan, y que conducen a aquellos parajes donde la conciencia desciende al origen de sí misma y revela sus mecanismos, así como su incompetencia y sus limitaciones.



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