La Copa Dorada

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Después de decir estas palabras, la señora Assingham se levantó como si la luz azul del día hubiera avanzado tenazmente a lo largo de un tenebroso túnel; la nota de satisfacción en su voz, así como su recuperada vivacidad, bien hubieran podido representar el agudo silbido del tren que, por fin, sale disparado del túnel al campo abierto. Dio unos pasos por la estancia y contempló durante unos instantes la noche agosteña. Se detuvo varias veces, aquí y allá, ante las flores en jarrones y búcaros. Sí, parecía evidente que la señora Assingham había demostrado algo que era preciso demostrar, parecía que el resultado de sus actividades había sido, casi de improviso, un éxito. Los viejos cálculos quizá fueron falsos, pero los nuevos dejaban la cuestión resuelta. Sin embargo, su marido, lo cual no dejaba de ser cosa un tanto rara, siguió en su sitio, quieto, como si no se hubiera dado cuenta de aquel resultado. De la misma manera que la intensidad del estado de ánimo de su esposa le había divertido anteriormente, el actual alivio de su cónyuge no le había levantado los ánimos. Y bien podía darse el caso de que hubiera escuchado con más interés que el demostrado hasta ahora. Por fin, preguntó:

—¿Quieres decir que el Príncipe se ha olvidado ya de Charlotte?

La señora Assingham dio media vuelta sobre sí misma como impulsada por un resorte y dijo:


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