La Copa Dorada

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—Quería olvidarse de ella, por cuanto, naturalmente, era lo mejor que podía hacer.

Realmente parecía que la señora Assingham conocía a la perfección el caso. Ahora, ya no había cabos sueltos. Añadió:

—Era capaz de hacer este esfuerzo, siguió la senda que decía. También debes recordar la impresión que Maggie nos causó.

—Es una muchacha muy simpática, pero siempre me ha causado la impresión, sobre todo, de ser la clásica señorita con rentas de un millón al año. Si has querido decir que ésta fue también la impresión que causó al Príncipe, has arrojado mucha luz sobre el caso. Sí, porque te puedo asegurar que el esfuerzo para olvidar a Charlotte no pudo ser excesivo.

Estas palabras inquietaron a la señora Assingham, aunque sólo durante un instante:

—Jamás he dicho que al principio no lo fuera y jamás he dicho que, con el paso del tiempo, a él no le guste más el dinero de Maggie.

Bob Assingham replicó:

Y jamás he dicho que a mí no me guste.

Fumó en silencio durante un rato y preguntó:

—¿Hasta qué punto estaba enterada Maggie de la situación?

—¿Hasta qué punto? ¿Cuánto sabía de la historia?


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