La Copa Dorada

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La señora Assingham pareció considerar —como si se tratara de cuartillo y galones— la mejor manera de expresar aquel cuantitativo «cuánto». Dijo:

—Sabía cuanto Charlotte le había dicho en Florencia.

—¿Y qué le había dicho Charlotte?

—Muy poco.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no podía.

La señora Assingham explicó a continuación el significado de estas palabras:

—Hay ciertas cosas, querido, que nadie puede decir a Maggie, y me sorprende que, a pesar de lo espeso que eres, no te hayas dado cuenta. Incluso ahora te doy mi palabra de que no me gustaría nada decir ciertas cosas a Maggie.

El coronel fumó en silencio y dijo:

—¿Tanto se escandalizaría?

—Se atemorizaría. A su manera extraña e infantil, se sentiría profundamente herida. No ha nacido para saber lo que es el mal. Y es preciso que jamás llegue a saberlo.

Bob Assingham soltó una extraña y lúgubre carcajada, cuyo sonido tuvo la virtud de dejar paralizada a su esposa, y dijo:

—Pues hemos emprendido buen camino, a este fin.

Erguida, protestó:


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