La Copa Dorada

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—No hemos emprendido camino alguno. Los caminos están ya todos emprendidos; se emprendieron en el instante en que el Príncipe se acercó a nuestro coche aquel día en Villa Borghese, el segundo o tercer día de la estancia de Maggie en Roma, día en que, como recordarás, fuiste a no sé dónde con el señor Verver, y el Príncipe subió a nuestro coche y vino a tomar el té con nosotras a casa. Se habían conocido, se habían visto a conciencia el uno al otro, estaban en relación, todo lo demás llegaría por sí mismo, según las posibilidades que se ofrecieran. Prácticamente, y lo recuerdo bien, todo comenzó durante el viaje en coche. Maggie se enteró, gracias al saludo que un hombre dirigió al Príncipe, al cordial estilo romano, desde una esquina junto a la que pasábamos, de que uno de los nombres de pila del Príncipe, el nombre que siempre emplean sus parientes, es Americo, cuyo nombre, como probablemente ignoras, a pesar de llevar media vida viviendo conmigo, era, hace cuatrocientos años, o los que sean, el del audaz individuo que siguió a través de los mares la ruta de Colón y consiguió lo que no consiguió éste: ser el padrino o el padre nominal del nuevo continente, de modo y manera que todo lo que esté relacionado con él tiene, incluso ahora, la virtud de conmover nuestros despiadados pechos americanos.



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