La Copa Dorada
La Copa Dorada —Bueno, bueno…
Su esposa le recomendó intencionadamente:
—Un dÃa ve al Museo Británico.
—Y cuando esté allÃ, ¿qué hago?
—Hay toda una inmensa sala, o departamento, o sección, o lo que sea, llena a rebosar de libros que únicamente tratan de su familia. Ve y lo verás.
—¿Lo has visto tú?
La señora Assingham dudó, aunque sólo un instante, y contestó:
—Pues, sÃ. Un dÃa fui allà con Maggie. Echamos una ojeada a la familia del PrÃncipe, valga la expresión. Y nos trataron con mucha amabilidad.
Y, después de decir estas palabras, la señora Assingham volvió a seguir el hilo de la narración que su marido habÃa conseguido alterar un poco:
—El efecto ya se habÃa producido y en Roma el encantamiento comenzó a dar resultados a partir del momento en que el PrÃncipe viajó en coche con nosotras. Después, lo único que tuve que hacer fue sacarle a la situación el mejor partido.
Después de una breve pausa, la señora Assingham se apresuró a añadir: