La Copa Dorada

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—Quiero decir que el momento era propicio y en manera alguna consideré que mi deber fuera empeorarlo. Si volviera a darse aquella situación, no me comportaría de manera diferente. Me ocupé del caso según lo entendía en aquel entonces, que es de la misma manera en que sigo entendiéndolo en la actualidad. Me gustaba, me parecía una relación entre dos personas de la que sólo cabía esperar beneficios para todos.

No sin cierta intensidad, la señora Assingham añadió:

—Y nada ni nadie me hará pensar de manera diferente, ni siquiera ahora.

El coronel, quieto, sentado, levantada la pipa, observó:

—Tienes el precioso don de pensar siempre lo que más te conviene. Y también tienes la virtud de llegar a conclusiones opuestas, a más no poder, en cuestión de segundos.

Después de una pausa, prosiguió:

—Lo que en aquel entonces ocurrió fue que te enamoraste furiosamente del Príncipe y, como sea que no podías librarte de mí, tuviste que dar a tus impulsos un curso indirecto. Al igual que Charlotte, no podías casarte con él, pero podías casarle con otra persona, quedando siempre presentes dos elementos: el Príncipe y la institución matrimonial. Podías casarle con tu joven amiga, en la que no concurrían impedimentos.


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