La Copa Dorada
La Copa Dorada —No sólo no había impedimentos sino que se daban buenas razones, razones positivas, excelentes, encantadoras.
Había hablado sin negar de ninguna manera los motivos de su actitud revelados por el coronel. Y tal abstención, clara y consciente, no le había costado el menor esfuerzo. La señora Assingham siguió:
—Sí, se trataba siempre del Príncipe y se trataba siempre de matrimonio, a Dios gracias. Y quiera Dios que siempre se trate de eso. Hace un año, el que yo pudiera ser una ayuda en este caso me hizo feliz y ahora sigue haciéndome feliz.
—En ese caso, ¿por qué no estás tranquila?
Fanny Assingham repuso:
—Estoy tranquila.
El coronel la miró con su palidez candorosa sin moverse del asiento. Ella volvió a moverse, como si quisiera reforzar con su inquietud su declaración de tranquilidad. Al principio, el coronel guardó silencio, como si hubiera aceptado la respuesta de su mujer, pero no tardó en romperlo:
—¿Y cómo interpretas el que, según tus propias explicaciones, Charlotte nada pudiera decir a Maggie? ¿Y cómo interpretas que el Príncipe nada le dijera? Y conste que comprendo que a Maggie no se le pueden decir ciertas cosas, debido a que, como tú dices, se asusta y se escandaliza muy fácilmente.