La Copa Dorada
La Copa Dorada —Eres un ser dominado totalmente por la indiferencia, en realidad eres perfectamente inmoral. Has participado en el saqueo de ciudades, y estoy convencida de que has cometido hechos horrorosos. Pero puedes tener la seguridad de que no me dedico a torturarme a mà misma pensándolo. Riendo, concluyó:
—En consecuencia, lo único que digo es: «Bueno, ¿y qué?».
El coronel aceptó la hilaridad de su esposa, pero no cedió terreno:
—De todas maneras, estoy dispuesto a ayudar a la pobre Charlotte.
—¿A ayudarla, dices?
—SÃ, a ayudarla a saber lo que quiere.
—Yo también. Pero Charlotte sabe muy bien lo que quiere.
Por fin, la señora Assingham reconoció este mérito de la muchacha, a modo de fruta madura de sus últimas meditaciones y paseos por la estancia. En el curso de la conversación, habÃa buscado a tientas el hilo que la habÃa llevado a esta conclusión y ahora lo habÃa encontrado:
—Charlotte quiere ser magnÃfica.
Casi cÃnicamente, el coronel observó:
—Y lo es.
Ahora, ya muy segura, la señora Assingham dijo:
—Quiere ser absolutamente superior y es capaz.