La Copa Dorada

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La buena señora, en estos instantes, estaba verdaderamente radiante. Siguió:

—Lo es, lo será. Y lo sabe. Y se convertirá en un elemento de positiva seguridad para su mejor amiga.

Bob Assingham le dirigió una dura mirada:

—¿Quién es esa «mejor amiga» a la que te refieres?

—¡A ver si lo descubres!

La señora Assingham había abrazado la gran verdad, la puso de relieve con estas palabras y ahora dijo:

—Y nosotros debemos ser sus mejores amigos.

—¿Amigos de quién?

—Tú y yo. Tú y yo debemos ser los mejores amigos de Charlotte. Nosotros debemos ayudarla.

—¿En su sublimidad?

—En su noble y solitaria vida. Aunque esta vida, y esto es esencial, no debe ser solitaria. Si se casa, no habrá problemas.

—En ese caso, ¿tenemos que casarla?

El silencio con que la señora Assingham contestó a estas palabras avivó todavía más la curiosidad de su marido, quien preguntó:

—Si todo es perfecto, ¿qué es lo que se puede compensar?

—Si por casualidad he causado un perjuicio a cualquiera de ellos, si cometí un error, este perjuicio, este error…


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