La Copa Dorada

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—¿Lo compensarás con otro error u otro perjuicio?

Como sea que su esposa tardaba en contestar, el coronel observó:

—Yo pensaba que tu tesis era que te sientes absolutamente segura.

—Nadie puede estar totalmente seguro de nada. Siempre hay posibilidades.

—En este caso, si tenemos que actuar a ciegas, ¿a santo de qué intervenir? Estas palabras la obligaron a mirarle fijamente. La señora Assingham dijo:

—¿Y dónde estarías tú, querido, si yo no hubiera intervenido contigo? El coronel repuso:

—Aquello no fue una intervención. Yo era ya tuyo. Yo fui tuyo desde el momento en que no me resistí a intervenir.

—Pues ésos tampoco se resistirán. También son míos, en el sentido de que les tengo un cariño inmenso. Y también en el sentido de que, a mi juicio, su cariño hacia mí no es mucho menor. Nuestra relación existe, es una realidad, y una realidad excelente. Estamos unidos, valga la expresión, y ahora ya es tarde para alterar este hecho. Tenemos que vivir en esta realidad y de acuerdo con esta realidad. En consecuencia, hacer lo preciso para que Charlotte consiga un buen marido, lo antes posible, será, tal como he dicho, algo vital para mí.

Con convicción, añadió:


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