La Copa Dorada

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—Esto lo encubrirá todo, lo abarcará todo.

Ya continuación, como su convicción parecía continuar de forma incongruente, dijo:

—Y al decir esto, me refiero al posible nerviosismo que quizá algún día me afecte. En realidad éste será mi deber, y no descansaré hasta haberlo cumplido.

En estos momentos, la señora Assingham se hallaba en un estado muy parecido al de la exaltación. Anunció:

—Y durante uno o dos años, estaré dispuesta a dar mi vida por conseguirlo, si es necesario. Entonces habré hecho todo lo que puedo.

El coronel interpretó estas palabras sin darles un sentido torcido:

—¿Quieres decir que, a tu juicio, nada es imposible para ti?

—No he dicho eso, ni nada que se le parezca. Digo que hay posibilidades, posibilidades más que suficientes para alentar esperanzas. ¿Cómo no puede haber esperanzas cuando una chica es como Charlotte?

—Y entre las cualidades de Charlotte ¿incluyes la de estar enamorada del Príncipe?

El coronel había formulado esta pregunta con una serenidad que pretendía ser de efectos fatales. Pero la señora Assingham no se inmutó:

—No está tan enamorada como para no querer casarse con otro. En la actualidad, le gustaría casarse.


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