La Copa Dorada
La Copa Dorada El hombre de la tiendecilla en la que, bastante tiempo después de haber sostenido la anterior conversación, recalaron los dos más tiempo, el menudo pero interesante comerciante de la calle Bloomsbury, cuyo rasgo principal era una insistencia discreta debido a que se trataba de una insistencia casi muda, pero al mismo tiempo con la singular característica de ser interesantemente coactiva, fijó en sus visitantes la mirada de un par de ojos extraordinarios, y su mirada anduvo saltando del uno al otro mientras la pareja examinaba el objeto con el que el vendedor tenía más esperanzas de tentarlos. Ésta era la última visita que efectuaban, debido a que el tiempo que se habían fijado estaba ya tocando a su fin. Había transcurrido por lo menos una hora desde que habían subido a un coche de alquiler en Marble Arch, hora que no había dado más resultado que el de la diversión al principio prevista. Naturalmente, la diversión debía consistir en buscar, pero también conllevaba la posibilidad de encontrar, la posibilidad que hubiera resultado enojosa, en el caso de hacerse realidad excesivamente pronto. Ahora, sin embargo, la cuestión consistía en saber si realmente encontraban en la tienda de Bloomsbury, mientras gozaban de la constante y absorta atención del hombrecillo. Evidentemente, aquel hombre era el dueño de la tienda, era también un hombre muy entregado a su negocio, cuya esencia, a su parecer, radicaba en el especial secreto que poseía para importunar tan poco al cliente que las relaciones con él adquirían una indudable solemnidad. Tenía pocos artículos; no se daba allí aquella superabundancia de «trastos» que habían visto en las restantes tiendas, y nuestros amigos tuvieron incluso la impresión al entrar de que las existencias eran tan escasas que, habida cuenta de que no cabía encontrar allí objetos valiosos, casi producirían una impresión lamentable. Luego, nuestros amigos cambiaron de parecer, porque si bien los objetos ante su vista eran pequeños, algunos de ellos sacados del escaparate y otros de una alacena situada detrás del mostrador —lugar oscuro, en la tienda de techo bajo, a pesar de las puertas de vidrio—, cada uno atrajo su atención, gracias a sus propios aunque modestos méritos, con lo que el dueño de la tienda no tardó en advertir que aquellos clientes le comprarían. Los objetos exhibidos eran heterogéneos y en modo alguno impresionantes, sin embargo se diferenciaban agradablemente de cuanto los visitantes habían visto hasta el momento en las anteriores tiendas.