La Copa Dorada

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—Realmente, creo que, en el caso de regalar una cosa así, el único valor que puede tener es el de haber pertenecido a quien lo regala. El Príncipe, no sin una nota de triunfo en la voz, repuso:

—Ecco, así es.

En la pared, a espaldas del comerciante, había varias alacenas pequeñas.

Charlotte había visto cómo el tendero abría dos o tres de ellas, por lo que, ahora, la vista de Charlotte se posaba en las que todavía seguían cerradas. Pero Charlotte redondeó su confesión:

—Aquí no hay nada que Maggie pueda llevar.

Después de unos instantes de silencio, el Príncipe preguntó:

—¿Y cree que hay algo que pueda llevar usted?

Estas palabras la sobresaltaron. Sin mirar los objetos y con la vista fija en él muy directamente repuso:

—No.

En voz baja, él exclamó:

—¡Ah!

Charlotte preguntó:

—¿Es que pretendía regalarme algo?

—Pues, ¿por qué no? Un pequeño ricordo.

—¿Un ricordo de qué?

—Bueno, de «esto», de lo que usted misma ha dicho, de esta pequeña búsqueda.

Ahora sonriente, ella replicó:


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