La Copa Dorada
La Copa Dorada —Bueno, creo que, en todo momento, sólo he querido decirle que nada le pido, en consecuencia la idea del regalo me parece ilógica. Riendo, el PrÃncipe exclamó:
—¡Oh, Dios mÃo…!
Entretanto, el dueño de la tienda siguió con la vista fija en ellos, y la muchacha, a pesar de que en aquel momento estaba más interesada en la conversación con su amigo que en cualquier otra cosa, volvió a cruzar una mirada con el vendedor. Para Charlotte constituÃa un consuelo el que la lengua extranjera en la que el PrÃncipe y ella hablaban cubriera lo que decÃan, de manera que incluso parecÃa, ahora que el PrÃncipe sostenÃa una cajita de rapé en la mano, que estuvieran hablando de su posible compra. Dirigiéndose a su compañero, Charlotte observó:
—Para usted, el regalo que me haga a mà no significa nada. Por el contrario, un regalo hecho por mà a usted sà quiere decir algo.
El PrÃncipe habÃa abierto la cajita de rapé, tenÃa la vista fija en ella. Dijo:
—¿Quiere usted decir que considera que puede…?
—¿Qué?
—¿Que puede ofrecerme algo?