La Copa Dorada
La Copa Dorada Esto motivó que Charlotte guardara un largo silencio; cuando volvió a hablar, lo hizo de tal manera que parecÃa que hubiera podido dirigirse, en extraña reacción, al dueño de la tienda:
—¿Me permitirÃa usted…?
Dirigiéndose a la cajita de rapé, el PrÃncipe repuso:
—No.
—¿No aceptarÃa un regalo si yo se lo hiciera?
De la misma manera, volvió a contestar:
—No.
Charlotte respiró profundamente y, como con un reprimido suspiro, dijo:
—Resulta que ha sido usted quien ha expresado una idea que era mÃa. Esto es lo que querÃa hacer.
Luego, añadió:
—Lo que tenÃa esperanzas de poder hacer.
El PrÃncipe dejó la cajita de rapé en el mostrador, y desvió la vista sin hacer el menor caso de la atención que le prestaba el hombrecillo de la tienda. El PrÃncipe dijo:
—¿Por esta razón me pidió que la acompañara?
—Esto es asunto mÃo. ¿No me lo permite?
—No, cara mia.
—¿Es imposible?
—Es imposible.