La Copa Dorada
La Copa Dorada De oro viejo y plata vieja, de viejo bronce, hechos con artística artesanía de joyero, eran los objetos que fue sacando y que terminaron moteando completamente el mostrador, en que los delgados y ligeros dedos del vendedor, con pulidas y limpias uñas, los tocaban breve, nerviosa, tiernamente, de la misma forma que los dedos del jugador de ajedrez reposan durante breves instantes, sobre el tablero, encima de la pieza que considera debe mover, pero que quizá luego no mueva. Se trataba de antigüedades, ornamentos, pendientes, broches, hebillas, pretextos para la presencia de apagados brillantes, desangrados rubíes, perlas tan grandes o tan opacas que difícilmente podían tener valor; miniaturas con diamantes montados que habían dejado de deslumbrar, cajitas de rapé ofrecidas por personajes de dudosa grandeza, o a ellos ofrendadas, tazas, bandejas, platillos, que traían a la mente la idea de la casa de empeño, arcaicos y parduzcos, que conservados en buen estado hubieran sido valiosas antigüedades. Unas cuantas medallas conmemorativas, de bella línea y oscura leyenda, uno o dos monumentos clásicos, cosas de los primeros años del siglo, cosas napoleónicas, templos, obeliscos, arcos, reproducidos en miniatura, eran el remate de la indiscreta exposición en la que, ni siquiera después de añadir varias extrañas sortijas, camafeos, amatistas y carbúnculos, cada una de cuyas piezas había reposado en el viejo y fino satén que forraba una cajita de débil cierre, no se veía gran fuerza de persuasión, a pesar de la relativa proporción de una escasa poseía. Los visitantes miraban, tocaban, fingían ponderar vagamente, matizando su interés aun cuando con escepticismo en la medida que la cortesía se lo permitía. Era imposible que no sintieran tal escepticismo, después de haber acordado tácitamente que era absurdo ofrecer a Maggie un ejemplar de aquella exposición. Porque un regalo dotado de pretensiones sin ser «bueno» ni ser un tesoro podía suscitar el entusiasmo del dador, pero, al mismo tiempo, se le podría considerar como excesivamente simple como regalo desde cualquier punto de vista. El Príncipe y Charlotte llevaban más de dos horas juntos y nada habían encontrado todavía. Esto obligó a Charlotte a hacer una confesión: