La Copa Dorada
La Copa Dorada Charlotte, después de esta visita, quedó embargada por muchas y muy diversas impresiones, algunas de las cuales comunicó a su compañero y amigo más tarde y siempre en interés de su diversión. Una de estas impresiones fue que el dueño de la tienda era lo más curioso entre todo lo que habían visto. El Príncipe contestaría diciendo que no se había fijado en dicho hombre, lo cual coincidía con lo que ella le había escuchado más de una vez, en pasado tiempo, hasta el punto de llegar a la convicción, que comunicó al Príncipe, de que éste no se percataba de nada que se encontrara por debajo de cierto nivel social. Para el Príncipe un tendero era igual a otro tendero, lo cual resultaba un tanto impropio en el caso de una mente como la suya que, cuando percibía, tanto percibía. Siempre daba por supuesta la mayor mezquindad en todos los individuos de esos niveles sociales y, en consecuencia, la noche de su mezquindad, o como se le quiera llamar, tenía la virtud para él de que todos los gatos fueran pardos. Indudablemente no quería ofenderlos, pero los imaginaba como si sus propios ojos sólo tuvieran visión en el nivel en que se encontraba su elevada cabeza. Contrariamente, la visión de Charlotte, y esto el Príncipe ya había tenido ocasión de comprobarlo, alcanzaba a todos los niveles. Se fijaba en los mendigos, se acordaba de los criados, reconocía a los cocheros. A menudo, yendo acompañada del Príncipe, había descubierto belleza en niños sucios y había admitido «carácter» impreso en los rostros de los vendedores ambulantes. Ahora había encontrado interesante al anticuario, debido a que daba importancia a sus objetos y también, en parte, a que él les dio importancia a ellos dos. Charlotte diría: «Y no sólo se debe a que le gusta venderlos, ya que cabe la posibilidad de que no quiera desprenderse de ellos. Hasta tengo la impresión de que le gustaría conservarlos si pudiera. De todas maneras, prefiere venderlos a las personas que merecen tenerlos. Nosotros, evidentemente, pertenecemos a esa categoría. Este hombre conoce quién merece tener sus objetos y quién no, con sólo una ojeada. Y ésta es la razón por la que ha podido usted darse cuenta o, al menos yo me he dado cuenta, de que le hemos gustado». Con insistencia preguntaría Charlotte: «¿No se ha fijado en la manera en que nos miraba? Dudo mucho que alguien nos haya mirado jamás con tan buenos ojos». Como si hablara para sí, y con un convencimiento que casi parecía producirle inquietud, observó: «Sí, este hombre nos recordará». Luego, como si quisiera tranquilizarse, advirtió: «Y esto se debe a que este hombre, por su buen gusto, porque tiene buen gusto, se ha quedado agradablemente impresionado por nosotros, se ha formado sus ideas con respecto a nosotros. Bueno, pues la verdad, no me parece raro, al fin y al cabo somos hermosos y él se ha dado cuenta. Además, este hombre tiene su propio estilo, su peculiar manera de comportarse. Su normal manera de comportarse es ésa de no decir nada con los labios sin dejar de impresionar con la expresión de su cara, de una manera indicativa de que sabe que ejerce presión y sabe que el otro también lo sabe».